domingo, enero 06, 2008

Montañas, Leyendas Indígenas

Según la leyenda indígena, dos reconocidos guerreros de los Andes, el Volcán Cotopaxi, ubicado en la provincia del mismo nombre, y el Chimborazo de la provincia homónima, pelearon durante años con erupciones constantes para poseer a la bella Tungurahua. Tras vencer, el Chimborazo se casó con Tungurahua. De la unión nació el Guagua Pichincha. Cuando llora el Guagua, la Madre le contesta. Según los nativos, esta sería la explicación de que “tras cientos de años de tranquilidad, ambos entraran en erupción al mismo tiempo”.
Los antiguos habitantes de la sierra ecuatoriana inventaron historias con las montañas, conocidas hasta este momento; a lo largo de la serranía se han tejido historias de las montañas personificadas, luchando entre sí, unas contra otras, las historias más conocidas están a continuación:

Imbabura y Cotacachi




Imbabura Urcu es el cerro protector masculino, de carácter sagrado, de la región de Imbabura. Su nombre es Taita (Papá) Manuel Imbabura. Es un hombre grande y viejo, un sombrero grande cubre su cabeza blanca. Frente a él está el volcán-nevado Cutacachi. Cuyo nombre proviene del verbo cutana: "moler, triturar, desmenuzar, pulverizar; piedra de moler", y de cachi: "sal"; puesto que en el Cutacachi hay gran cantidad de sal. El Cutacachi Urcu es el cerro protector femenino, de carácter sagrado, de la región. Su nombre es Mama María Isabel Cotacachi, una mujer ya entrada en edad.
Se cuenta que cuando Taita Imbabura era joven, empezó a salir del Imbabura (del cerro, pues este cerro es su morada) y caminaba por las noches, solo, pensando que las demás personas le iban a conocer, a ver y a criticar el por qué el Taita Imbabura tiene que salir del cerro. Como a los jóvenes que empiezan a salir de sus casas y a recorrer el vecindario y otros lugares, le decían puriqinchu ("andariego"). Caminaba, caminaba por las noches... y de pronto se encontró con la Mama Cotacachi. Caminaban juntos, pero que no podía declararse Manuel Imbabura, no podía declarar su amorío a María Cotacachi. Cuando de repente se declaró diciendo que la amaba, que la quería, y la Mama Cotacachi respondió: "Yo también desde muchos años que te conocí he estado enamorada. Pues ahora, entonces, vamos a ser enamorados". Y transcurrió el tiempo. Una vez que transcurrió el tiempo, obtuvieron un hijo. Un hijo que está a la derecha del Cotacachi, que se llamó el Yanaurcu y que está unido al cerro Cotacachi.
Entonces de este amorío entre Manuel Imbabura, un hombre grande, con sombrero grande, cabeza blanca y viejo; igualmente la Mama Cotacachi, procrearon un hijo que es el cerro.

La mayoría de los nombres de las montañas ecuatorianas tienen un significado etimológico que proviene del kichwa, algunos nombres tienen su origen en lenguas nativas que se han ido perdiendo a lo largo de la historia.



Pichincha




Por el momento es difícil encontrar el significado de la palabra Pichincha. Según Aquiles Pérez (“Quitus y Caras”, Quito, 1960) la etimología del nombre de este macizo volcánico se derivaría del Colorado: “pi, agua o río; chin de chino, llorar; cha de charri, bueno: bueno que hace llorar con agua”. Si este significado es válido, es clara la analogía con la concepción de que las cumbres de las montañas, como centros de los nublados que producen las lluvias y sus flancos como lugar de origen de los manantiales, son fuentes de vida y fertilidad. El volcán Pichincha pudo haber sido considerado “dios o diosa de la lluvia”. En América andina los volcanes con sus cráteres abiertos y activos eran reputados además como divinidades femeninas. No es extraño, por lo tanto, señalar que la imagen de Nuestra Señora de las Mercedes, venerada en Quito, pudo haber sustituido a la diosa volcánica primitiva, cuyo culto fue integrado en un sincretismo de la religiosidad popular católica. “La imagen de metro y medio de alto -escribe el P. Vargas (Patrimonio artístico ecuatoriano, Quito, 1972)- está labrada de un solo bloque lapídeo de las canteras del Pichincha con el encarnado a base de óleo”. Su protección se demostró, según los devotos quiteños, cuando el 8 de septiembre de 1575 amaneció la ciudad cubierta de cenizas por la erupción del volcán Pichincha; los cabildos acordaron celebrar una fiesta anual por la liberación de una catástrofe.

Esteban Aragón